Por Daniel Hernández García
Este artículo podría bien haber estado en el olvido. Allá
por la España del siglo XIX, y ahora es como si rescatáramos del fondo de la
hemeroteca de una biblioteca obsoleta y antigua. Es solo ojear un libro de
historia y hacer un análisis comparativo con lo que pretende el Partido Popular
en su reforma electoral.
¿Se acuerdan del llamado “turnismo”, entre Antonio Cánovas del
Castillo y Práxedes Mateo Sagasta?, Una traducción más acorde sería el
denominado “caciquismo” entre liberales-conservadores y liberales-progresistas.
Aquello fue montado como un chiringuito particular entre ambos, para repartir
el pastel cada cual les convenía. Un ejercicio de casi nula democracia, con
matices censitarios así como pucherazos electorales en forma traducida de
compra de voto.
No podemos aplicarlo al extremo en este caso en particular,
aunque si se dan unas series de semejanzas más que palpables. Rajoy, busca
principalmente con esta reforma, sostener los reductos aún populares, donde se
están tambaleando a costa de las fuerzas más a la izquierda del panorama
electoral español. Este hecho, unido al poco atractivo regeneracionista que
ofrece el Partido Popular, han desembocado en una propuesta de reforma
electoral que rompe totalmente con el equilibrio de fuerzas de los partidos
políticos, convirtiendo sus llamadas propuestas regenerativas en más bien
degenerativas.
El avance de fuerzas políticas con medidas más radicales y
orientadas hacia otros modelos sociales, económicos y políticos, han propiciado
que invada un clima de miedo en las filas populares, que en vez de atraer al
ciudadano mediante propuestas regenerativas, han optado por utilizar (y una vez
más) el uso del poder, para preparar una reforma claramente lejos de las posturas
de las fuerzas de la arena política española.
Mas allá de que cabe la posibilidad de una alianza venida
por la izquierda, el ciudadano español de a pie, debe sentirse frustado por la
poca modernización de la política española. El Partido Popular arrastra tras de
sí, una legislatura con promesas cambiadas, ilusiones que no llegan y una
decepción profunda hacia el electorado de las pasadas elecciones generales. La
reforma electoral es solo la punta del iceberg de esta gran estafa democrática
de la clase política vigente, en lejanía a lo que se espera de la cosa pública.
La fuerza que arrastra la izquierda española, no
precisamente socialdemócráta, ha hecho entrar en pánico a la derecha, que junto
con el mal llamado progresismo, caminan juntos de la mano de manera chocha,
vieja y barata, sin visas hacia un futuro de una España moderna y joven.
Más allá de las etiquetas ideológicas, y de las medianías
políticas existentes, es recomendable al gobierno que se siente y reflexione
que supondría este caciquismo castilloniano-sagastiano, que hagan uso de sus formas de “Gentes de Estado”
no solo en defender la unidad territorial de nuestro país, algo absolutamente
necesario y prioritario, si no para atraer a los españoles con propuestas
serias, que caminen hacia una democracia más abierta, plena, libre, que mejore
la intensidad vigente y no se agarren con reformas de este calado tan propias
de un gobierno pendiente del miedo no solo a lo que venga por su lado
izquierdo, si no del riesgo a perder su silla electoral.
En definitiva señor Rajoy, camine hacia más democracia.
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