miércoles, 4 de junio de 2014

Cetro envenenado (por Katy Rioja)



Juan Carlos I, primer rey de la democracia española, anunció ayer, a través del presidente del Gobierno Mariano Rajoy,  su deseo de  abdicar en el Príncipe de Asturias que reinará con el nombre de Felipe VI.  Su renuncia se produce tras haber manifestado en numerosas ocasiones que un rey sólo deja de ser rey cuando muere y después de 39 años sustentando una corona que recibió tras la muerte del Dictador en 1975.
Ha sido rey en una Monarquía Parlamentaria y muy apreciado por sus súbditos hasta que su popularidad sufrió un declive escandaloso al conocerse que su imagen no era la que proyectaban las revistas porque derrochaba el dinero en cacerías de elefantes mientras su país se consumía en una crisis sin aparente remedio; porque se supo, también,  que compartía viajes con una “amiga entrañable” y que su relación con Doña Sofía, una Reina profesional, era prácticamente inexistente;  pero lo que definitivamente hizo terminar el  idilio  fue la noticia de que su yerno, Iñaki  Urdangarín y su hija Cristina, estaban envueltos en el escándalo del caso Noos. Y es que  el rey, cabeza visible de una institución que hunde sus orígenes en la profundidad de los tiempos, no puede ser moderno porque defiende su corona con principios de antigüedad; cuando se creía que el rey era el representante de Dios en la tierra, o cuando se pensaba que la elección del monarca provenía de la inspiración divina sí podía tener sentido que su hijo heredase el trono, porque su familia había sido bendecida por la gracia de Dios. Hoy en día heredar este cargo tiene poco o ningún sentido, pero aceptemos que estamos de acuerdo, aceptemos que consentimos en que la monarquía es un buen sistema; en ese caso habrá que acatar todas las normas. No se puede ser moderno para elegir esposa, pongo por caso, y no ser moderno para beneficiarse de todo lo que su posición le ofrece.
Juan Carlos I entrega  un cetro envenenado porque el futuro rey Felipe tendrá que ganarse el respeto de sus vasallos y hacerse merecedor  de una corona que cada vez está más puesta en entredicho por los defensores de la República. Es cierto que la imagen de Felipe no se ha visto tan dañada como la de su padre por los escándalos y la corrupción, pero no es menos cierto que los españoles estamos ya muy vapuleados y que no vamos a consentir que se nos tome más el pelo. Felipe tendrá que relanzar la imagen de la institución, ganarse a los jóvenes que son los que menos confían en el rey y empatizar con los españoles desde su seriedad.
Sería éste un buen momento para la reflexión, para esclarecer el alcance y cómo se ha conseguido la fortuna de D. Juan Carlos (estimada en 1600 millones de euros, cuando su patrimonio era inexistente al llegar España como Príncipe y sucesor), dilucidar si España desea ser monárquica o republicana (cuántas veces se habrá arrepentido de no haber hecho tal consulta en los años en los que era un héroe para los españoles) y evidenciar cuánto nos cuesta mantener a esta extensa familia a los españoles que comenzamos a despertar.


D. Juan Carlos ya ha pactado con los dos partidos mayoritarios para que la sucesión se haga de forma natural y cuanto antes; se calcula que antes de las vacaciones de agosto todo estará arreglado para que España exporte al mundo una imagen de un rey joven, moderno y deportista. Sólo espero y deseo que la ceremonia no sea fastuosa, que sus majestades recuerden que estamos todavía en crisis y que para mejorar la situación se ha recortado de los salarios de muchos trabajadores, de muchos pensionistas y que tenemos una generación de jóvenes llenos de títulos pero sin trabajo. Quizás el modelo de un padre que da un paso atrás para que su hijo le suceda no sea tan mal ejemplo  y el resto de los mortales podamos también legar nuestro puesto de trabajo a nuestros hijos perfectamente formados y preparados a tal efecto. ¡Ay, qué pena, yo no tengo sangre azul!

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